El dolor de espalda es uno de los problemas más comunes en la gran mayoría de la población, prueba de ello son los centros de fisioterapia que están repletos de gente que va a que le den masajes para aliviar esta pesada molestia.

Todos aquellos que dediquen tres minutos a leer esta breve reflexión sobre el dolor de espalda, seguramente en algún momento lo han padecido, quizás es posible que haya personas que sufran este dolor cada día. Podría ser incluso, que a algunos el médico les haya realizado pruebas y el resultado podría ser perfectamente la falta de espacio entre vértebras, desvío de la columna, o quién sabe si también hayan tenido que escucharle decir “tienes una hernia discal y es normal que tengas dolor”.
En este artículo quiero centrarme en porqué llegamos a este estadio, qué ha pasado previamente y si hemos sido conscientes de los mensajes de alerta que nuestro cuerpo nos ha ido lanzando.

Cuántos de nosotros no ha padecido o padece de forma intermitente o constante una fuerte presión encima de los hombros que generalmente la achacamos a una sobrecarga en nuestra vida cotidiana. (En este artículo hablaba de cómo solucionarlo mediante ejercicios de relajación)

Seguramente, a algunos siempre les coincidirá el lado donde padecen la contractura o el lado de la tortícolis y a menudo es sin que hayan hecho ningún mal gesto ni un exceso de actividad.

En este caso la solución debemos buscarla más allá del tratamiento mecánico, fisioterapia o trabajo postural, y quizás deberíamos comprobar el estado de algún cuerpo visceral.

A menudo nos aparece un dolor articular o muscular de forma espontánea que perdura en el tiempo, que no asociamos a ninguna situación concreta más que al igual una mala postura, un mal gesto, exceso de tensión, etc. Esta dolencia que cada vez es más molesta nos obliga incluso a la automedicación, a visitar el médico o el fisioterapeuta, a pesar de sus intentos este problema remite primeramente pero al poco tiempo vuelve a hacerse presente.

A lo largo de esta serie de artículos dedicados a las consecuencias de sufrir una situación estresante de larga duración he señalado cómo este factor desencadena en el cuerpo una reacción inflamatoria, que al no ser resuelta crea desajustes en el funcionamiento celular en cualquier tejido, causados por la menor entrada de nutrientes en la célula.

Desde hace un tiempo estoy publicando artículos sobre los efectos del estrés en el organismo y uno de estos es la resistencia a la insulina y la hiperinsulinemia compensatoria. Por eso creo oportuno exponer algunos de los signos y síntomas que nos podrían estar avisando que estamos frente a un problema en la función de la insulina, que como ya hemos visto en artículo “La insulina en el estrés” tiene unos efectos negativos importantes en el funcionamiento celular y es el posible causante de patologías de distinta índole como la obesidad-sobrepeso, disfunciones hormonales, problemas cardiovasculares, dolores articulares y musculares, etc.